Julián se despedía de su madre cada mañana con un beso en la frente, antes de que el sol terminara de nacer. Sus manos ya no parecían las de un joven de veinte años; estaban llenas de callos, tajeadas por la azada y oscurecidas por la tierra del surco. Pero cada ampolla valía la pena. En su mente, solo había un objetivo: sacar a su madre de la miseria.
Doña Elena, con la espalda encorvada de tanto fregar ropa ajena en el lavadero de piedra, nunca se quejaba. Sin embargo, Julián veía cómo el humo de la leña castigaba sus pulmones cada vez que cocinaba en aquel fogón de barro. «Pronto, mamá», le susurraba. «Pronto tendrás tu estufa eléctrica y tu lavadora. Ya le envié el dinero a Marta para que lo guarde y lo compre todo».
La Máscara de Marta
Marta, la novia de Julián, era una experta en el arte del engaño. Ante los ojos de Julián, era la mujer hacendosa que cuidaba de su madre. Pero en cuanto el camión se llevaba a Julián a las plantaciones lejanas, Marta se transformaba.
— ¡Apúrese, vieja! —le gritaba Marta a Doña Elena mientras esta restregaba las sábanas—. Esa ropa tiene que estar lista para mañana, que tengo que salir.
Doña Elena agachaba la cabeza. No quería darle problemas a su hijo. Si Julián sabía que su «gran amor» la trataba como a una sirvienta, se le rompería el corazón. Marta, mientras tanto, recibía mes a mes los giros de dinero que Julián enviaba con tanta fe. Pero las tiendas de electrodomésticos nunca vieron un centavo. El dinero se iba en botellas de cerveza, salidas nocturnas y lujos que Marta disfrutaba a escondidas, mientras le decía a Doña Elena que Julián «apenas ganaba para comer».
El Regreso del Hijo Pródigo
Pasó un año. Julián llegó a la estación de bus con dos maletas cargadas de regalos y el pecho inflado de orgullo. Se encontró con su mejor amigo en la parada. — ¡Amigo! —exclamó Julián con una sonrisa radiante—. Al fin vuelvo. Muero por ver la cara de mi mamá cuando vea su cocina nueva. Un año de lomo doblado valió la pena.
Julián caminó a paso rápido hacia su casa. Al entrar, el olor no era a pintura nueva ni a modernidad. Era el mismo olor a humo de siempre. Al llegar a la cocina, vio a su madre, envuelta en una nube gris, removiendo una olla sobre las llamas de la leña.
— ¡Mamá! ¿Pero qué haces aquí? ¿Y la estufa? —preguntó Julián, sintiendo un frío súbito en el estómago.
Doña Elena lo miró con una mezcla de alegría y tristeza infinita. — ¿Cuál estufa, mi hijo? Marta me dijo que no te estaba yendo bien… ella se ha quedado con todo. Me trata como si yo fuera su esclava, Julián.
El Final Inesperado
El mundo de Julián se derrumbó. En ese momento, Marta entró por la puerta, con una bolsa de compras y una sonrisa falsa que se congeló al ver a Julián.
— ¡Amor! ¡Llegaste! —intentó decir ella, acercándose para abrazarlo.
Julián la apartó con una mirada que quemaba más que el fogón. Pero antes de que pudiera decir una palabra, un hombre elegante apareció tras ella en la entrada. Era el dueño de la finca más grande del pueblo.
— Marta, ¿qué pasa? —preguntó el hombre—. ¿Quién es este muchacho?
Marta, acorralada, tomó una decisión desesperada. — Es… es el hijo de la señora que limpia mi casa, señor. Ya se iba.
Julián entendió entonces que la traición era doble. Marta no solo le había robado el dinero, sino que le había hecho creer a todo el pueblo que ella era la dueña de la casa de su madre, usando el dinero que él enviaba para aparentar una vida que no tenía.
Sin embargo, el final fue otro. El hacendado miró a Julián, luego a las manos llenas de tierra de Doña Elena y finalmente a los zapatos caros de Marta. — Qué curioso —dijo el hombre—. Porque yo vine a cobrarle el alquiler de esta casa a la verdadera dueña, Doña Elena, a quien le compré esta propiedad hace meses con el dinero que su hijo enviaba directamente a mi oficina de correos.
Julián y su madre se miraron confundidos. Julián, desconfiando de Marta desde el tercer mes, había estado enviando el dinero real a través del hacendado para comprar la propiedad legalmente y darle una sorpresa a su madre. Los giros que Marta recibía eran solo una pequeña parte que Julián «dejaba caer» para probar su lealtad.
Marta no solo se quedó sin dinero y sin novio, sino que terminó siendo expulsada de la casa que creyó haber robado, mientras Julián abrazaba a su madre en una casa que, por primera vez, era completamente de ellos.